Hace mucho tiempo que reflexiono acerca de cómo los médicos nos comunicamos con nuestros pacientes y sobre cómo podemos ser más efectivos en esa tarea. Me refiero a algo que es fundamental en nuestro oficio: a que la gente nos entienda, crea y que acepte nuestras recomendaciones. Atención, no me refiero a convencerla por medio de artilugios o marketing, sino a poner todas las posibilidades sobre la mesa, explicando pros y contras de cada decisión y teniendo en cuenta (siempre) las preferencias de cada persona.
En la práctica diaria ésta es una situación que se genera con prácticamente todos los pacientes.
En mi actividad particular, le dedico tiempo a escuchar y luego a explicar las cosas, pero aún así, a veces fallo. No es nada fácil el tema.
¿Cómo puedo hacer para que una persona me escuche y se interese por su salud de una manera coherente? ¿Cómo puedo hacer para que esa persona me permita ayudarla?
Me resulta claro que no alcanza con informar. Mucha gente entiende qué es lo que le pasa o sabe que sus hábitos diarios ponen en riesgo uno de sus bienes más preciados; su salud..
Sin un cuerpo y una mente sanos se puede vivir, por supuesto. Pero se hace más difícil.
Siempre me asombra cuando me encuentro con pacientes que entienden perfectamente lo que les pasa, pero no logran tomar consciencia profunda. Saben que tienen que alimentarse mejor, saben que tienen que moverse más, saben que tienen que dejar de fumar…pero no se vuelven realmente conscientes. O tal vez sí, pero no logran entablar los cambios que necesitan. O será que, en algunos casos, no les importa demasiado.
Si al final, parece tan fácil entender que hacer ejercicio, comer bien y mantener el peso prolonga la vida más que cualquier medicamento. Encima no nos cuesta un peso extra. Pero no, nunca es tan fácil.
No es infrecuente que fracase en vencer esa inercia que parece impedir a mis pacientes entablar acciones que claramente pueden beneficiar su salud. Hablo con ellos una y otra vez sobre los mismos temas. Hasta a veces llego al punto de dejar de insistir sobre determinadas cuestiones (para alivio de mi paciente y mío). Es el momento donde percibo que si me vuelvo más insistente, el paciente va a dejar de venir porque se está sintiendo incómodo por no cumplir con mis expectativas.
Lo acepto.
Cada uno elige o hace lo que puede o quiere.
Tal vez debería cambiar de estrategia. ¿Y si a lo mejor los aterrorizo un poco? ¿Lograré así más aceptación al tratamiento que pretendo que hagan?
Puede ser, pero me niego. Me parece una forma perversa de ejercer la medicina.
Soy de los médicos que cree que uno debe escuchar, explicar y sugerir. Pero es el paciente el que debe decidir.
No me ofendo porque alguien no hace lo que le indico. Pienso que otros médicos sí porque hay pacientes que dejan de venir un año y cuando vuelven me dicen “me vas a matar, no hice nada de lo que dijiste”. ¡Como si haber hecho eso me pudiera generar un daño a mi! Nada más lejano.
Me pregunto: ¿por qué en salud muchos eligen asustar a sus pacientes (como estrategia de trabajo) para convencerlos? Supongo que debe ser porque da resultados. Aparte, convengamos, es mucho más fácil asustar que convencer y además, lleva menos tiempo.
Lo vimos con mucha claridad, como sociedad, en la época de la cuarentena por Covid.
No les alcanzó a las autoridades del momento con informar y educar a la población con respecto a lo que estaba sucediendo. Sobre qué conductas le convenía tomar a cada uno para minimizar riesgos.
También en esa época se utilizó la estrategia de generar terror social como método de control y de buscar resultados rápidos. Se propusieron que la sociedad entendiera pero que también obedeciera, y rápido. Y lo lograron.
Generar terror, como parte de un tratamiento, logra sus resultados pero no es inocuo. También genera sus efectos colaterales; miedos, fobias, depresión, ira, peleas, abuso de substancias, etc. Y da otro efecto colateral más peligroso aún; algunas personas aterrorizadas se vuelven terroristas en su entorno; vecinos, parientes, amigos, comunicadores, periodistas y desconocidos se alinean atrás del método y lo ejercen con todas sus fuerzas.
En medicina esto también ocurre y, si uno no está atento, puede ser víctima del método sin darse cuenta.
¿Alguna vez te sentiste atemorizado por algo que te dijo un médico? Es probable. Pero hay que ser justos: no siempre es culpa del médico. Esta profesión nos obliga a veces a dar muy malas noticias. Noticias que duelen. Noticias que asustan, por más que uno trate de suavizarlas. Cabe la aclaración: una cosa es recibir una noticia atemorizante y otra, es buscar que sientas temor para que hagas lo que un médico pretende.
No quiero explayarme sobre el hecho de “recibir malas noticias”. No es sobre esto que quiero escribir. Sino, sobre el uso del miedo como herramienta sanitaria. Quiero reflexionar sobre cuándo una advertencia médica deja de ser una invitación a cuidar la salud y cuándo se convierte en una forma de amenaza.
Te doy ejemplos:
“Esta medicación baja el colesterol. Si no la tomás tus arterias corren alto riesgo de taparse y probablemente vas a terminar con un infarto o con un ACV.”
“Si no dejás de fumar podés terminar con cáncer de pulmón o con EPOC, o con las dos.”
“Este virus puede ser letal para la gente mayor. Si no usás barbijo sos peligroso y podés matar a otros. Y peor aún, podés matar a tu abuelo.”
En fin, los ejemplos son muchísimos. ¿Acaso las premisas de los ejemplos están erradas? Para responder eso habría que estudiar cada caso y su contexto.
¿Es mentira que haya medicamentos que disminuyen la posibilidad de tener un infarto? Por supuesto que no es mentira.
Existen muchas prácticas preventivas muy útiles que conviene recomendar a nuestros pacientes, Por ejemplo, nadie duda de que alentar a todos los pacientes para que hagan actividad física acorde a su edad los va, probablemente, a beneficiar.
Esta es la palabra clave: beneficiar.
Es ofrecerles la esperanza de estar mejor, más sanos, más vitales.
El mundo de la prevención es muy amplio y abarcativo. En cada persona se deberá aplicar la prevención que corresponda y siempre con el beneplácito de nuestro paciente
Una cosa es plantear una recomendación desde el lado del beneficio que se puede obtener. Y otra, muy distinta, es pretender que una persona obedezca a base de meterle miedo: “si no hacés ejercicio tus músculos se reducirán, tus huesos se volverán osteoporóticos y tu glucemia, insulina, colesterol, presión arterial, bla, bla, blá … – miedo, miedo, y más miedo. ¿Es mentira? No lo podemos saber anticipadamente. En medicina hablamos con más frecuencia de “probabilidades”, que de certezas
Recuerdo una publicidad que vi hace unos años. Mostraba una foto de un par manos de color intensamente azules. Estaba acompañada de una advertencia:
“Si tus manos se ponen de color azul, podés tener esclerodermia”.
¿Es falso lo que proclamaba la publicidad? No, no es falso.
Lo que omitía la publicidad era indicar que lo más probable, por lejos, es que si tus manos se ponen un poco azuladas (por el frío o por el estrés), no tengas esclerodermia sino solamente padezcas algo que se llama síndrome de Raynaud Primario. Es una condición frecuente y sin mucha importancia, en la mayoría de los casos. ¿Cuántos con esta condición se habrán asustado en vano? Pareciera que nadie pensó sobre a cuántos iban a dañar para “salvar” a uno haciendo ese aviso.
Hay otra publicidad que me viene a la memoria que escuché por la radio hace un par de años. Era sobre una mujer que subía unas escaleras y quedaba agitada.
La voz del anuncio decía que:
“si te quedás sin aire subiendo las escaleras podrías estar padeciendo EPOC, mejor consultá a tu neumonólogo.”
¿Es falso que podría ser EPOC? No, no es falso.
Me atrevo a sugerir que alguna persona habrá pensado “cuando subo dos pisos por la escalera me quedo sin aire, ¿y si tengo EPOC?”.
Por supuesto, podría ser que sí. O podría ser que tenga insuficiencia cardíaca, o … ¿No podría ser que tuviera 15 kilos de más y no hiciera más ejercicio que caminar hasta la parada del colectivo? De vuelta el mismo concepto; a cuántos está permitido asustar para “salvar” a uno? . A esto lo llamo terrorismo médico.
¿Hace falta aterrorizar a alguien para que busque atención médica o para que haga caso a nuestras indicaciones? Para los que respondan que sí, me inclino a pensar que están fracasando (como yo, muchas veces) en la materia comunicación asertiva y están perdiendo oportunidades valiosas de comunicar las virtudes de su propuesta (un tratamiento, un método diagnóstico, una vacuna, etc.)
Entonces no solo fracasamos comunicando mal, también dañamos a otros. ¿O acaso hacer sentir terror a alguien por una posible enfermedad o gravedad de un síntoma no se transforma en sí mismo en un problema de salud? Pregúntenle a los psicólogos a cuántas personas atienden por estas razones.
Me parece que muchos médicos no somos completamente conscientes de que con frecuencia usamos estos métodos para “convencer”. O tal vez sí somos conscientes, pero como es el método que todos usan…bueno, ¿por qué cambiarlo? A veces parece que el fin justifica los medios.
Si miramos un poco alrededor vamos a ver muchos ejemplos de publicidad terrorista .
Me rindo, debe ser muy efectiva.
Es la publicidad que se realiza (por ley) poniendo fotos de pulmones negros o de gente agonizando en los atados de cigarrillos. Es la publicidad que, cambiando de rubro, utilizan los que venden puertas de seguridad o alarmas para hogares, mostrando imágenes de robos o audios de personas con terror a ser asaltadas mientras duermen.
Es la publicidad que utilizan las campañas de Seguridad Vial, mostrando gente lastimada o muerta, por no haber usado el cinturón de seguridad. ¡Si no usas cinturón de seguridad podés morir en el próximo accidente!
¿Es falso esto? No, no lo es. El problema es el método. No el objetivo.
“¡Si no te hacés tal estudio, a tu edad, vas a estar asumiendo graves riesgos!”
Cuántas veces, infinidad de personas por todo el planeta, habrán escuchado palabras similares. Muchos obedecen sin cuestionar. Pero otra consecuencia es que hay otros muchos pacientes que no solo no hacen caso, sino que quedan aterrorizados con la sola idea de hacer lo que les convendría hacer. Y algunos terminan alejándose del sistema de salud poniendo todos sus miedos debajo de la alfombra.
No hay método de comunicación infalible, dirá alguno. Y estoy de acuerdo. El objetivo es ser precisos y empáticos con nuestros pacientes. Comunicar lo justo, sin exagerar y con un grado de optimismo.
Dí muchos ejemplos de lo que llamé “efectos colaterales” del terrorismo sanitario. Pero no quiero olvidarme de nombrar a otro. El que va en sentido inverso a los ejemplos que di de personas que niegan, se alejan o se abandonan a la suerte antes de tener que enfrentarse al médico, a un estudio o a un tratamiento.
Me refiero a los que se suben al tren del terror y se vuelven obsesivos de su salud. Y allí viene el otro problema.
Personas obsesionadas con su físico, adictas a hacer gimnasia, a entrenar, a comer “sano”, a las dietas hiper controladas y restrictivas, a los ayunos interminables (lo máximo que escuché de una paciente fue de 5 días de solo beber agua).
Personas que llegan a tal grado de obsesión, que pierden la paz y ponen en riesgo lo que buscan con tanta pasión: su salud.
Estoy convencido de que hay formas asertivas para explicar a los pacientes qué les conviene y qué no les conviene hacer. Los médicos tenemos la obligación de ser francos y directos, pero también respetuosos.
Las decisiones médicas deberían aplicarse de manera personalizada y consensuada con cada persona. Los médicos no somos ni dueños de la verdad ni del libre albedrío de los que recurren a nosotros.
Tenemos una responsabilidad, que no es curar o solucionar todos los problemas de salud de la humanidad. Lamentablemente, esto no es posible ni real. Pero lo que sí deberíamos hacer siempre, es buscar que nuestros pacientes se sientan mejor. Darles alivio y esperanzas (reales) de que pueden estar mejor y asegurarles que nosotros vamos a intentar ayudarlos en ese camino. La palabra, bien usada, es la más poderosa de nuestras herramientas.
Si no logramos convencer a nuestros pacientes (por las buenas) sobre los beneficios que podrían obtener siguiendo nuestras recomendaciones, habremos fallado.
Si los convencimos (por las malas) asustándolos, habremos dañado.
Si los convencimos con argumentos, alentándolos, generándoles expectativas verdaderas, habremos sido exitosos en nuestro oficio.
Primum non nocere (lo primero es no hacer daño).


















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